A horas del mediodía de este jueves 4 de octubre ha trascendido una noticia en distintos medios que habla sobre una detención llevada a cabo por la policía la mañana del miércoles 3 de octubre. El titular del Última Hora habla concretamente de «un joven dispuesto a sembrar de bombas la UIB» [1]. Según apuntan las fuentes que citan los distintos medios, el joven habría adquirido por Internet una ingente cantidad de explosivos. «Entre las sustancias intervenidas por los agentes destacan más de 125 kilos de amonio nitrato con nitrógeno, cuyas características son muy similares a las del amonal y amosal» [2] . El telediario de Telecinco del mediodía explica que se trata de un estudiante de Formación Profesional, de un joven que supuestamente emulaba la actitud de Eric y Dylan y se declaraba admirador suyo. Eric y Dylan son los autores de la “masacre de Columbine”, una matanza que perpetraron estos dos jóvenes el 20 de abril de 1999 en una escuela secundaria del estado de Colorado en los Estados Unidos [3]. El chico detenido en Palma estaba dispuesto a imitarles, comentan los medios. Existen muchos más datos que se pueden encontrar en las distintas reseñas de los medios [4, 5, 6] y, con total seguridad, irán trascendiendo más detalles con el paso de los días.
El objetivo de esta entrada no es simplemente hacer eco de la noticia, ya bastante extendida, sino intentar llevar la reflexión un poco más allá. Sobre todo ante la evidencia de que los medios de masas no pretenden hacer un análisis explicativo y reflexivo más profundo de lo acontecido sino más bien dar bombo a un suceso a través de una perspectiva amarillista-sensacionalista que lleva a miles de personas a hablar sobre el tema, a compartir la noticia, y que crea ideología en el sentido que desde los despachos del mainstream nos marcan. Esto es, sin análisis más profundos que nos lleven a considerar los factores que influyen en la aparición de este tipo de fenómenos sociales. Como referente en las redes del carácter viral de este tipo de noticias, podemos decir que la noticia alcanzó, pocos minutos después de conocerse, un puesto destacado y ha sido de las más votadas del día en Menéame [7]. La noticia ha sido también muy comentada en Twitter y especialmente compartida en Facebook.
Uno de los ejes centrales en los que hacen énfasis los medios a la hora de hablar del joven que presuntamente tenía intenciones de perpetrar una masacre en la UIB se refiere a los rasgos patológicos de su comportamiento, esto es, a la presencia de rasgos o categorías psicológicas o psiquiátricas. Por ejemplo, se hace referencia a su “comportamiento antisocial”. Según el enfoque mediático el centro del problema es, por tanto, el individuo como ente aislado y prácticamente sin influencia del entorno histórico-cultural de la sociedad en la que se ha desarrollado, en la que vive.
«El joven tiene afición por las armas y odio por los estudiantes universitarios».
Análisis sociológico vs. análisis psiquiátrico
Es clara la tendencia tanto mediática como de las corrientes hegemónicas en psicología y psiquiatría hacia la visión superflua e individualista. Esta visión centra la cuestión en la esencia de la persona, en este caso, que ha cometido un crimen o que presuntamente planea cometerlo, casi como factor único. Omite o quita peso al análisis de caso en un sentido multifactorial que, particularmente entiendo, científicamente más útil a la hora de explicar porqué surgen casos como estos con tanta frecuencia, y cuáles son los factores sociales a trabajar para crear una sociedad más justa y menos violenta. Desde las instituciones que procuran el mantenimiento del sistema y del status quo, es naturalmente mucho más económico darle una perspectiva únicamente policial y de caso aislado, aprovechando el sensacionalismo y el amarillismo de la prensa capitalista de nuestros días para darle bombo a la vida de un individuo como si de una película se tratase.
Es poco frecuente que se abran debates sobre la normalización de la violencia en nuestra sociedad, sobre cómo genera procesos de desensibilización y con ello su aceptación en el día a día. En este mismo sentido tampoco nos cuestionamos el hecho de que nuestro modelo de sociedad fomente valores sociales negativos, esto es, aquellos que facilitan el distanciamiento psicológico y la deslegitimación, generalmente por deshumanización del “adversario”, al romper o bien no generar espacios de altruismo y solidaridad, sino por el contrario, desarrollar un modelo educativo basado en la competencia, en el mal llamado darwinismo social que ha devenido base argumentativa del liberalismo.
Efecto arma
Un factor específico de expresión de la violencia es la propia existencia y gestión de las armas. Ignorar este aspecto es en sí otra forma de omitir la responsabilidad social que se ha de asumir en este tipo de acontecimientos. La necesidad de estudiar los procesos sociales de consecución y uso de las armas. Resulta evidente que el objeto de la existencia de las armas, aunque desde el sistema se nos pueda vender lo contrario, no tiene nada que ver con alcanzar la paz o la libertad. De hecho, su propia existencia influye de forma importante en la gestión emocional de la ira que hace un individuo. Se trata, en definitiva, como sostiene Chóliz (2004) de un estímulo social condicionado, una motivación social en sí misma. Afirma Chóliz que «la mera presencia [del arma], o de eventos que la señalen, favorece el que los individuos enfadados respondan con mayor agresividad, aunque no utilicen el arma como instrumento para agredir (Carlson, Marcus-Newhall y Miller 1990)». Este efecto, que se ha venido a denominar “Efecto Arma” parte de Berkowitz y LePage (1967) quienes demostraron que las armas tienen un efecto de incremento de conductas agresivas en las condiciones en las que se produce irritación.
La presencia social de las armas genera mucho más daño y muerte del que podría evitarse si no existieran, es evidente. No se pueden obviar las razones por las que están en las calles y cuyo fin último pasa por el beneficio económico de los dueños de la industria armamentística. Naturalmente, las armas ligeras no representan, en valor, el grueso de los beneficios de la industria. Aún así, es necesario tener en cuenta sus beneficios por volumen de ventas. Según Small Arms Survey el 70% de armas ligeras que hay en el mundo están en manos de civiles, lo que representa unas 625 millones de armas. Cerrar el grifo a este negocio y hacer un programa serio de control de armas que ponga en segundo lugar el beneficio económico traería sin duda beneficios en temas de paz y seguridad ciudadana.
En resumen, contamos con una sociedad absolutamente hipócrita en lo que a la violencia se refiere. Rechaza por un lado este tipo de actos, que son naturalmente atroces mientras al mismo tiempo fomenta un modelo socio-estructural de violencia a través de: (1) aprendizaje vicario de modelos violentos reales y simbólicos en los mass media; (2) de la creación de un modelo social y/o familiar que es estructuralmente violento en el que se fomenta la división y el odio a través de la diferenciación autoritaria, clasista, sexista, homófoba, racista, etc.; (3) y de la facilitación instrumental de las agresiones violentas que la disponibilidad de las armas provoca (Fernández-Abascal et al., 2003).
Patologización de los problemas sociales
Los medios de masas alimentan y extienden el patrón de patologización social que implementan la psicología y la psiquiatría muy especialmente a través del DSM. Es la línea del mainstream que se viene marcando desde siempre a este tipo de casos, del mismo modo que se hace con los casos de terrorismo acometidos por quienes tienen ideas cercanas a la extrema derecha, por los partidarios del fascismo. Es lo que ocurrió con el caso Breivik y fue la aproximación que se hizo desde los medios de masas a nivel internacional. “Es un loco”, “Estamos muy mal de la cabeza”, también se decía respecto del chico de la UIB. Hay quien se atreve a más señalando criterios específicos (tiene, por ejemplo, rasgos narcisistas) de alguna de las etiquetas propuestas por el DSM como si de este modo se solventase alguna cosa.
Muchas personas también han acusado con incredulidad: ¿Cómo es posible sentir tanto odio hacia la sociedad?, como si las personas formasen su repertorio de conductas fuera de esta, como si no se hubiese demostrado nunca el carácter determinante de la sociedad sobre los rasgos y características del individuo. El análisis del individuo pasando por alto a la sociedad está implícito en la propia estructura de la disciplina psicológica. Como apunta Álvarez-Uría (en Romero y Vázquez, 2006): «en la medida en que la psicología es una disciplina que a su vez se subdivide en especialidades, y en la medida en que una de esas especialidades es la psicología social, la propia existencia de esa especialidad podría tener por función eximir de la sociabilidad al resto de especialidades psicológicas». Aquí me remito pues a la crítica social sobre la violencia y las armas de párrafos anteriores. En definitiva, es cuando menos curioso cómo una sociedad violenta, profundamente injusta, que siembra la competencia y no la solidaridad, que ha creado un mundo individualizado para alimentar el consumo, se sienta víctima y no culpable de la aparición de estos casos.
Momento crítico de la imagen social de la policía
Tras la intensa represión que están sufriendo las personas que han decidido libremente manifestarse contra las políticas neoliberales del gobierno del PP y de la Troika, la policía está claramente en horas bajas en cuanto a su popularidad. Gran parte de la población entiende que hacen un flaco favor a la defensa de los intereses de las mayorías al tiempo que defienden los intereses de las minorías poderosas que nos roban descaradamente. Su papel, se entiende, es el de reprimir con extrema violencia a quien se manifiesta por sus derechos fundamentales, incumpliendo las leyes de diversas maneras, al no ir identificados, al cargar y hacer uso de las armas de formas no contempladas en sus protocolos, etc. En este sentido se puede entender como necesario exaltar la labor de la policía en su otra vertiente, la del lavado de cara, la de la seguridad ciudadana, la del servicio al pueblo. Es el caso que se presenta con la detención de J.M.M.S. teniendo en cuenta los explosivos que presuntamente tenía en su poder y el uso que quería darles. La policía, señalan los medios, llevaba 5 meses siguiéndole los pasos. Tal y como se presenta el caso puede verse como un acto heroico de salvación por parte del cuerpo que prácticamente justificaría su existencia y acción y que, como decía, lava la cara de la misma institución, que funciona como brazo represor del Estado. Claro que hay quien lo cuestiona.
La intención de mejorar la deteriorada imagen pública de la policía queda patente en las declaraciones del ministro del Interior en las que afirma que la acción de la policía en este caso ha sido «brillantísima» y que han «evitado una masacre». [8]
Mi planteamiento es a no quedarnos en análisis superficiales, a no seguir los análisis manipuladores de los medios de masas que, como ya se ha dicho, únicamente se centran en el sensacionalismo del acontecimiento y no procuran en ningún caso un análisis social que procure respuestas al porqué ocurren estas cosas. Que de respuestas a porqué vivimos en una sociedad donde las armas están absolutamente normalizadas. A porqué la violencia forma parte de nuestro día a día desensibilizándonos por completo. Una sistema donde la psicología y la psiquiatría se han ocupado de patologizar al individuo creando una vía de escape a nivel individual a problemas reales que son de carácter social y que son generados por este modelo específico de organización socioeconómico en el que vivimos que alimenta estas conductas “patológicas”, y que se preocupa poco o nada por solucionarlos desde la raiz sino más bien en ocultarlos.
Etiquetas: UIB, Violencia